El discurso neoliberal ha situado como un elemento central la exigencia de moderación salarial y la reducción de cotizaciones sociales. Esto debería permitir crear más ocupaciones al favorecer la utilización del "factor trabajo" en lugar del "factor capital" y /o mejorar la competitividad, gracias a la disminución de los precios de nuestros productos.
Ahora bien, la mayor utilización del factor trabajo obedece a criterios diferentes del coste laboral: en cada momento, una tecnología domina y las empresas tarde o temprano la adaptan. Por lo tanto, la influencia del coste salarial, cuando se produce, es coyuntural y marginal y pone al descubierto un cierto atraso.
Con respecto al efecto sobre la competitividad debemos decir que se puede producir si un país utiliza aisladamente la política de moderación salarial. Pero si todos recurren a ella, ninguno sale beneficiado. El resultado, entonces, acaba siendo una disminución generalizada del consumo de los asalariados con el consiguiente efecto negativo en el volumen de ocupación, o un mayor nivel de endeudamiento en las familias.
Otro elemento central del discurso neoliberal es la rigidez del mercado de trabajo. Los culpables son, de un lado, todos los dispositivos que frenan la “fluidez ” del mercado laboral (incluyendo indemnizaciones de despido), y del otro, todo lo que permite a los desempleados rechazar una oferta de empleo sin importar sus características y su remuneración. Conclusión: hace falta flexibilizar el mercado laboral, disponer de herramientas para despedir más fácilmente y ejercer una presión suficiente sobre los que buscan trabajo.
Este segundo mecanismo también permito actuar sobre los salarios, a través de su disminución pura y dura:
1) condenando a los flexibilizados a aceptar condiciones laborales y salariales inferiores de las que tenían inicialmente y
2) situando los que se incorporan al mercado laboral en franjas salariales bajas.
Todo esto, como acabamos de demostrar, tiene poco a ver con la creación de ocupación y con la competitividad. El efecto que produce es siempre, y en todos los países, el mismo: Una distribución de las rentas más desfavorable a los asalariados mientras los poderosos se enriquecen.
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