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La cumbre del G-20. Primera aproximación.

La cumbre de Washington ha presentado un resultado minúsculo y decepcionante. Pero para juzgarla, debe tenerse en cuenta que nos encontramos en un periodo de transición.

En primer lugar, la crisis todavía se está desarrollando y nadie puede decir con exactitud qué medidas será necesario adoptar en el largo plazo, porque todavía no se sabe dónde nos llevará. Por esto, hablar de refundación del capitalismo, como había hecho Sartkozy, y como nos han repetido durante unas semanas los loros de los medios de comunicación, era inconcreto y abusivo.

Esta incertidumbre también se pone de manifiesto en la declaración del G-20. No sólo es incapaz de predecir por dónde irán las cosas sino que además no identifica las raíces de la crisis:

Por una parte afirma que los primeros años del 2000 se caracterizaron por una "prolongada estabilidad". Parece pues, que hace cuatro días se transitaba por el buen camino. Pero unas líneas más adelante, la declaración dice que "los agentes del mercado han buscado un mayor rendimiento sin evaluar adecuadamente los riesgos y ejercer la vigilancia necesaria". ¿En qué quedamos?

En segundo lugar, en la cumbre no ha participado el nuevo presidente electo de los EE.UU. Ha sido la cubre de Bush y de su equipo. Esto ha dejado huella:

La resolución no dice una palabra en contra de los paraísos fiscales. De los mercados de derivados si que habla pero para decir que "se han de fortalecer” y que es necesario "asegurar la infraestructura por la cual (se) puedan mover ". La declaración también apuesta por reactivar la demanda interna y esto no está mal, pero lo único que sugiere es "liberarla de la coacción" fiscal. En resumen: los paraísos fiscales no deben preocupar, los productos derivados han de expandirse y los impuestos deben bajar. ¿A qué suena todo esto?

En tercer lugar, la crisis ha aparecido en un momento en el que ya no era posible marginar a los países emergentes. De hecho lo ha reconocido la propia reunión, ya que no ha sido de ocho sino de veinte. Pero los emergentes acaban de aterrizar; necesitan tiempos para coordinarse y hacerse escuchar. En todo caso, ya han frenado la tentación proteccionista de los países más ricos del Norte y han obligado a incluir en la resolución una mención explícita a los objetivos del milenio. Para empezar no está mal. Ahora bien, aunque la ampliación, de 8 a 20 , debe valorarse como un signo positivo, es inaceptable que los 20 nos digan que “tienen intención de convertirse en un gobierno mundial” . Para esta tarea, ¿quien los ha elegido?

Encontrarnos en situación de transición no quiere decir que sea imposible empezar a reparar algunas averías del sistema capitalista que la crisis ha dejado al descubierto.

La cumbre hubiera podido plantear la necesidad de reorganización del sistema financiero internacional sustituyendo la supremacía del dólar por un nuevo referente que tenga en cuenta a una pluralidad de monedas, entre las cuales lógicamente se habría de incluir en el Euro.

También podía proponer iniciar, a través de Naciones Unidas, un nuevo proceso de regulación internacional. Y no lo ha hecho.

Sobre este último tema, lo que si afirma la resolución es que "las organizaciones del sector privado que ya han desarrollado buenas prácticas en las estructuras alternativas de inversión y/o en los fondos de cobertura deben formular propuestas sobre un conjunto de mejores prácticas estándar." Esta última afirmación ¿no les suena a la canción de la autorregulación?

Decíamos al comienzo que nos encontramos en un momento de transición. Junto a las tres incógnitas de las que hemos hablado (la magnitud de la crisis, la espera de lo que haga y no haga Barack Obama, y el papel de los emergentes) existe una cuarta incógnita: saber cuál será la reacción de las clases populares y la de los países más empobrecidos del Sur.

El G-20 no sólo se caracteriza por sus componentes. También lo puede hacer por las ausencias. Y los que faltan puede que acaben siendo los granos protagonistas de la historia.