Mientras la situación política y económica en Europa se degrada, crece la crítica generalizada hacia todos los políticos, sin hacer distinción entre los que se consideran de derechas y los que se consideran de izquierdas. Esto no pasaría si los principales partidos progresistas de Europa fueran capaces de tomar la iniciativa y recuperar el control del debate político.
Lamentablemente, la izquierda tradicional, y especialmente la socialdemócrata, ha quedado sepultada por la agenda neoliberal y sus propuestas no se alejan de las de los conservadores. El problema entonces es que el debate público queda huérfano y es muy fácil distorsionarlo con mentiras y disquisiciones que no tienen ni pies ni cabeza y que refuerzan aún más el malestar y la confusión de la gente.
El vacío de las izquierdas ha dado alas a algunos partidos que hasta ahora, o bien no existían o bien tenían un papel marginal. También ha dado alas a nuevos movimientos sociales más o menos exitosos. La presencia de unos y otros permite poner sobre la mesa cuestiones que las izquierdas tradicionales no han sido capaces de situar en los últimos años.
El problema es que todo esto coincide con el crecimiento de diferentes proyectos populistas de base ultra nacionalista, tolerados e incluso impulsados por la élite que gobierna los asuntos europeos. Me estoy refiriendo, obviamente, a partidos xenófobos y reaccionarios como el Frente Nacional en Francia y la Liga Norte en Italia, que pese a su oposición a todo lo que suena a europeísta, justifican y aplauden las políticas de austeridad de los neoliberales.
Una de las propuestas que últimamente circula con cierto éxito, es la recuperación de las monedas nacionales.
La desaparición de estas monedas eliminó la posibilidad de llevar a cabo ajustes modificando el tipo de cambio y colocó a los gobiernos dentro de una camisa de fuerza. Con el margen de maniobra limitado, los gobiernos se sienten obligados a situar el recorte salarial como la única herramienta para mejorar la competitividad del país.
Asimismo, la moneda única ofrece seguridad a los inversores en deuda pública. Estos inversores no corren ningún riesgo ya que la cuantía invertida y el interés a ella asociado no se puede devaluar ya que la moneda que opera en el país del prestador y la que opera en el país del prestatario es la misma. Lo único que les puede dar la lata es la inflación, pero en este terreno están tranquilos: saben que de la inflación ya se ocupa el Banco Central Europeo. Es evidente, por tanto, que el euro estimula la especulación.
Ahora bien, en las condiciones actuales la salida del euro no resolvería la regresión social derivada de las políticas de austeridad y este es el verdadero problema. Por otro lado, el abandono del euro abriría la posibilidad de especular con las diferentes monedas nacionales que lo sustituirían.
Por tanto, la salida del euro únicamente tendría sentido invirtiendo las prioridades de la política económica y abandonando previamente las políticas neoliberales. Lo que pasa es que una vez garantizados estos requisitos previos, probablemente esta salida ya no aportaría ninguna ventaja.
Menos viabilidad tiene todavía, aunque técnicamente parece más fácil, la implantación de dos euros: el euro de primera y el euro de segunda. Esto subdividiría a la Unión Europea en dos grandes áreas y en cada una de ellas prosperaría un nuevo centro y una nueva periferia. Si Francia, por ejemplo, se colocara en la zona del euro débil, sería, sin lugar a dudas, el centro de esta zona, en cambio si se situara en la zona del euro fuerte, su papel sería el de periferia, ya que el centro le correspondería exclusivamente a Alemania.
Que el problema no es únicamente el euro nos lo demuestra Gran Bretaña que a pesar de conservar su propia moneda, ayer fue la cuna del neoliberalismo y hoy es el país donde se aplican las políticas de austeridad más brutales.
La ruptura, por tanto, no debe ser con el euro. Hay que romper con el euro liberalismo y eso es válido, tanto para la zona euro como para Gran Bretaña.
En las condiciones actuales, esta ruptura sólo es posible a partir de las luchas nacionales. Es impensable que la iniciativa en este terreno venga de la élite que gobierna la Unión. Pero las luchas nacionales deben acompañarse de propuestas que permitan una verdadera reforma en Europa. Si no es así, acabaremos prisioneros de las propuestas de la derecha xenófoba empeñada en implantar el proteccionismo, cerrar fronteras y recuperar monedas nacionales.