En la época de Marx (murió en 1883) el sistema
de crédito y todo el lío de productos y subproductos financieros estaba menos
desarrollado de lo que está ahora. Sin embargo, en el tercer volumen de El
Capital, Marx dedica unos capítulos al análisis del sistema financiero y en uno
de ellos centra la atención en lo que él llamaba "capital ficticio".
En relación al sistema financiero, Marx
considera que el crédito y los intereses cumplen una función de apoyo al
capital productivo que le ayuda a superar determinados obstáculos.
Tradicionalmente el capital financiero se ha
dedicado a atesorar los ahorros de la sociedad (mediante la concentración y la
centralización del dinero). Esto le permite:
- proporcionar
dinero a los capitalistas para que inicien o amplíen su actividad,
- suministrar
liquidez para que puedan hacer frente a sus pagos,
- aceptar valores en
forma de papel para que las negociaciones en el mercado funcionen con
rapidez y
- ofrecer crédito a
los consumidores con lo que se contribuye a facilitar la venta de las
mercancías producidas.
Con esta actividad, el capital financiero
obtiene una remuneración en forma de intereses. Por eso Marx denomina a esta
fracción del capital como el capital que devenga intereses.
Pero el pago de estos intereses es posible
gracias a los beneficios logrados por el capital productivo.
Esto significa que la posibilidad de cobrar la
deuda y los intereses se basa en los ingresos futuros obtenidos con la
actividad productiva (o con la especulación). Por eso, cuando la producción va bien
y se expande y cuando las perspectivas son optimistas, el capital financiero
suele hacer buenos negocios.
Ahora bien, también hay otras formas de invertir
el capital monetario y esto actualmente, afecta de lleno la actividad de las
entidades financieras. Sólo hay que pensar en las inversiones que llevan a cabo
a través de los fondos de inversión y los planes de pensiones que gestionan y
detrás de los cuales se encuentran sumas enormes de dinero. Como sabemos,
muchos de ellos invierten en deuda pública, hipotecas, acciones y
participaciones, contratos de futuros sobre materias primas, etc. Para llevar a
cabo estas inversiones suele tener en cuenta su tasa de rendimiento, la
seguridad de la operación, su liquidez y así sucesivamente.
Y a esta mezcolanza de títulos que circulan como
si fueran mercancías y que se compran y se venden en los llamados mercados
financieros, Marx los tipifica como capital ficticio.
Una buena parte de estos títulos representan
deudas de las empresas (obligaciones, por ejemplo) o del Estado (los bonos del
tesoro,...). Otras responden a inversiones de capital (como las acciones y
participaciones en empresas). Estos títulos valores se supone que en el futuro
garantizarán una corriente de ingresos superior al dinero aportado
inicialmente. Es decir, generarán rentas.
Además, se trata de títulos que pueden ser
revendidos en el mercado secundario ya que hay personas dispuestas a pagar un
precio por conseguir los derechos sobre los futuros flujos de ingresos que
representan y esto, a su vez, garantiza que sean títulos muy líquidos.
Pero cuando sus poseedores los venden, el dinero
obtenido no pasa a manos de la empresa o del Estado que originalmente los ha
emitido. No hay, por tanto, nuevas aportaciones de capital que permitan llevar
a cabo inversiones posteriores en capital real (en medios de producción, en
mano de obra o en obra pública). Únicamente se transfiere el papel.
Ahora bien, al pasar el papel de unas manos a
otras se da la apariencia de que el capital se está multiplicando. Y aquí es
donde tiene origen la ficción ya que el capital productivo que realmente tienen
las empresas y los recursos de que dispone el Estado no se alteran.
Por otra parte estos títulos pueden fluctuar de
una manera totalmente independiente del capital que representan. Un cambio en
los tipos de interés, una subida o caída de los beneficios más o menos
justificada o incluso un rumor, pueden modificar el precio. En otras palabras,
este tipo de capital mantiene un cierto distanciamiento con el proceso
productivo del que inicialmente proceden y del que finalmente también dependen.
Hay sin embargo, una diferencia importante entre
los títulos de deuda pública y los que representan las acciones.
Con la deuda pública del Estado se captan recursos
para hacer frente al gasto (pagar a los funcionarios, garantizar servicios,
mantener el ejército, construir infraestructuras,...). Como contrapartida, el
Estado se compromete a devolver la cantidad prestada y pagar un interés
previamente acordado.
Las acciones, en cambio, son títulos que
representan un capital real de las empresas que las emiten. Pero estas acciones
se pueden comercializar, y una vez van a parar al mercado secundario pueden
aumentar o disminuir de valor sin que necesariamente aumente el capital real
que representan.
El valor de mercado de las acciones se determina
de manera diferente a su valor nominal y su comercialización no tiene ninguna
incidencia sobre el total del capital real. Las subidas y bajadas de valor
suelen ser de tipo especulativo y no se determinan en función del ingreso real
de la empresa, sino de acuerdo con unos ingresos calculados de antemano, es
decir, que suben y bajan en función de unos beneficios (o de unas pérdidas) que
por regla general aún no se han producido.
Esto también se puede ilustrar dando un vistazo
a todo lo que ha pasado en torno a las famosas hipotecas basura que circularon
alegremente hasta el inicio de la actual crisis económica.
Aquellos títulos financieros se generaron
agrupando los préstamos de vivienda respaldados por las hipotecas. Fueron
promovidos como una forma de inversión muy rentable y líquida y a la vez
permitieron a los bancos seguir otorgando crédito a los compradores de
viviendas. Estos valores se transmitían a través de la compra y venta, de unas
instituciones financieras a otras dando lugar a nuevos productos financieros
cada vez más complicados y perversos, con lo cual, como alertaba Marx hace más
de doscientos años, el capital se iba triplicando y cuadriplicando alegremente.
Sin esta burbuja del capital ficticio difícilmente se hubiera producido la
burbuja inmobiliaria que estalló a comienzos de la crisis. Esta es otra de las
constataciones que los escritos de Marx tienen una gran validez para analizar
los orígenes de la crisis actual. Y también lo tienen para observa lo que ahora
está sucediendo con la compra de deuda pública que, como hemos dicho más
arriba, no deja de ser otra expresión del capital ficticio.