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Conceptos económicos y dialogo de sordos

Hace unos días, participando en una tertulia de una emisora local, me di cuenta que en los debates diarios de los medios de comunicación y en las controversias políticas más cotidianas, existe una fuente de confusión sobre el que se esconde detrás de ciertos conceptos económicos, lo cual permite estigmatizar determinadas propuestas y presentar como excelentes otras.

Esto es especialmente cierto cuando se habla de nociones muy generales, abstraídas de manera "fácil", como son "economía de mercado", "liberalismo", o incluso "capitalismo". A menudo, estos conceptos, omnipresentes en los medios, son considerados como sinónimos, lo cual es rotundamente falsa y sólo puede conducir a malentendidos o a un diálogo de sordos.

Una cosa parecida ocurre con otras grandes conceptos generales, cómo "libre competencia" o "intervención del Estado".

Curiosamente, cuando alguien denuncia "la desregulació" y "la falta de derechos" y explica como ambas nos han devuelto a la "ley de la selva" dónde al final gana el más fuerte, siempre acaba apareciendo otro que intenta hacer creer que lo que se está diciendo es contrario a la "libre competencia" o que es fruto de una "desviación estatalista". Llegados a estos punto, se suele producir un triple salto mortal asimilando "el estatalismo" con las economías fallidas de los antiguos países del desaparecido "bloque del Este".

La "libre competencia" es un concepto teórico que se asocia al funcionamiento del sistema capitalista, y que, según la economía convencional, permite una organización donde todos los mercados (de bienes, de servicios, financieros,...) funcionen de tal manera que ninguna persona, ningún grupo, ni ninguna empresa, cuente con la posibilidad de imponerse sobre los otras y/o los anule.

Pero incluso aceptando este punto de vista, ha de añadirse a continuación que para que la competencia funcione, el Estado y los organismos internacionales tendrían que establecer las reglas del juego dado que no pueden ser los jugadores los que decidan por si mismos. Por lo tanto, "la libre competencia" y la "desregulació" no sólo no son la misma cosa sino que en cierta medida son conceptos encontrados.

Ahora bien, esto no quiere decir que la regulación, por muy sólida que esta sea, garantice una competencia verdaderamente libre. De hecho, la propia existencia del capitalismo monopolista, que es la forma que adopta el actual sistema económico, la dificulta. Si alguien duda sobre esta última afirmación que observe los precios de los productos agrícolas y los perjuicios que estos precios comportan para los agricultores mientras las grandes empresas que tienen el monopolio de la distribución acumulan beneficios golosos.

Otro manera de marear a la gente consiste en presentar a los críticos del neoliberalisme como "estatalistas". Los neoliberales, en cambio, no tendrían esta "tara".

Pero la historia recorrida por el capitalismo nos aclara que para ayudar a la producción, el Estado ha de asegurar la creación de infrastructuras y ofrecer a la población determinados "servicios públicos". Sin carreteras y líneas de ferrocarril no fluye la "libre competencia".

En todo caso, si que existe una diferencia fundamental alrededor del papel del Estado entre neoliberales y quienes no lo somos.

Estos últimos, de algún u otra manera, coincidimos en que el Estado ha de intervenir para corregir las desigualdades inherentes a una economía capitalista ideando una política de redistribución del ingreso recaudado a través de impuestos y cotizaciones sociales, y asegurando de esta manera ayudas diversas; también somos partidarios de establecer un salario mínimo y una buena legislación laboral.

Los neoliberales, en cambio, defienden justamente lo contrario. Para ellos, el paro y la injusticia social no son atribuibles al sistema capitalista sino que son culpa del Estado, que con su salario mínimo, sus sistemas de seguridad social, su normativa laboral y sus prestaciones "demasiadas generosas", desincentiva la búsqueda de ocupación e impone a las empresas unas condiciones demasiadas onerosas.

Más allá de estas diferencias conceptuales, se me hace difícil comulgar  íntegramente con la visión convencional de la "libre competencia" cuando esta permite, incluso en su estado más puro, que una porción de las ganancias generadas por la producción "circule libremente" hacia las manos de unos pocos que no han hecho otra cosa que esperar "de brazos cruzados" que llegara el momento de embolsarse los frutos del trabajo ajeno.