Hay mucha palabrería sobre los efectos de los incrementos salariales en la economía. Con el afán fascistoide de buscar cabezas de turco, uno de los
primeros argumentos retorcidos del neoliberalismo fue la insinuación de
que, la causa de la crisis de los setenta, se debía buscar en la fuerza
que habían conseguido los sindicatos.
Antes
de aquella crisis, el capitalismo se enfrentó a un fenómeno que se
llamó estanflación, que era la manera de decir que el crecimiento era
bajo y la inflación alta. Los
sindicatos respondían con reclamaciones salariales y huelgas, porque
veían como los salarios reales se encogían y como la inflación se comía
sus conquistas contractuales. La lucha por mejoras salariales no era, por tanto, la causa sino una consecuencia de la inflación.
El
capitalismo es un sistema con una fuerte capacidad para hacer crecer la
productividad del trabajo y esto reduce el valor unitario de cada
mercancía. De rebote, esto debería conllevar una reducción de su precio. Pero entonces no fue así (y tampoco lo es ahora). Lo evitó, precisamente, la devaluación monetaria. Esta devaluación tenía varias causas. Una
muy potente fue el colapso de Bretton Woods -que supuso que el dólar,
con el que se vinculaban (y vinculan todavía) todas las monedas- se
desacopló del oro. Entonces, los papelitos que representaban los dólares se devaluaron y de resultas de esta devaluación se disparó la inflación.
Los
teóricos del capitalismo no quieren reconocer esta realidad y se
escudan con el truco que los trabajadores si son fuertes y tienen
sindicatos, destruyen la economía. Debemos
contrarrestar esta distorsión y recuperar la explicación marxista sobre
la desvalorización de la fuerza de trabajo, gracias a los incrementos
de productividad y poner al descubierto cómo esta desvalorización suele
ir acompaña de una devaluación de la moneda con la que los trabajadores
perciben su salario. Sin
entender esta particularidad, difícilmente seremos capaces de explicar
las razones por las que cada vez crecen más las desigualdades sociales.