El
capitalismo se basa en la producción de mercancías, es decir, de objetos
útiles destinados a la venta. El valor de estas mercancías no se
desprende de la cantidad de trabajo concreto consumido al producirlas.
Va asociado al trabajo abstracto socialmente necesarios. Con este
concepto, Marx se refiere al tiempo medio de trabajo requerido, usando
la tecnología predominante en cada momento, para producir una mercancía.
La
tecnología tiene que ver con los medios de producción (maquinaria,
edificios, materiales, etc.). A la cantidad monetaria destinada a
adquirirlos, Marx le llama capital constantes. Estos medios funcionan
gracias a la fuerza de trabajo, una fuerza que debe ser suficiente y
bien formada para usar cada una de las tecnologías. La cuantía monetaria
destinada a la adquisición de esta fuerza de trabajo, Marx le llama
capital variable.
Cada proceso productivo tiene sus
particularidades. Esto da lugar a diferentes proporciones de capital
constante y variable. La relación entre estas dos formas del capital, se
denomina composición orgánica y difiere entre unas empresas y otras y
entre sectores productivos.
El valor de la mercancía sólo se
expresa en el momento del cambio, poniéndose al lado de las otras
mercancías (o sea en el mercado) que también tienen su valor. Lo hace a
través de un precio. En otras palabras: el tiempo de trabajo abstracto
socialmente necesario es la esencia y el precio la apariencia.
La
diferencia entre la esencia y la forma de aparecer es importante. En
realidad, los productos individuales casi nunca, salvo extrañas
coincidencias, tienen un precio que equivalga a la magnitud del tiempo
de trabajo socialmente necesario para producirlos. Por eso es importante
distinguir entre valor y "precio de producción" y entre éste y "precio
de mercado". Marx no desarrolla estas distinciones hasta llegar al libro
3º de El capital.
El precio de mercado es el que realmente
paga el cliente al pasar por la caja registradora. De hecho, es el
precio que emerge y que finalmente expresa el valor. El precio de
mercado, por lo tanto, es la apariencia del valor que, como ya hemos
dicho, es la esencia. Este precio no es otra cosa que la cuantía
obtenida a cambio, de la mercancía que actúa como el equivalente
universal, es decir, el dinero obtenido con la venta. Inicialmente, esta
mercancía (dinero) que representa universalmente el valor de todas las
mercancías, fue el oro o la plata, que a su vez dio lugar a su
presentación en forma de moneda. Después se origino el dinero simbólico.
El
precio de producción, en cambio, es la cantidad de dinero por la que
una mercancía se debería cambiar para garantizar que la tasa de
beneficio fuese igual en todas las ramas y empresas capitalistas. Es un
precio teórico. Por eso Marx habla de tendencia a la igualación de la
tasa de beneficio. Pero es una tendencia importante que permite
acercarnos a la superficie de la vida económica. La tasa media de
beneficios existe en la mente de los capitalistas que están interesado
en sobrepasar todos los obstáculos para alcanzarla y superarla si es
posible. Cualquier plan de inversión, por ejemplo, parte de una
estimación informada del precio que supuestamente respetará el mercado y
que lo hará (o no) viable. Este precio, podríamos decir, de una manera
burda, que es el precio de producción.
Ahora bien, a pesar de
la diferencia entre valor mercantil, precio de producción y precio de
mercado, todo se relaciona. La falta de correspondencia entre precio de
producción y precio de mercado, por ejemplo, no puede escindirse del
tiempo de trabajo socialmente necesario. Cuando bajan los precios a
causa de exceso de oferta, se pone de manifiesto que se ha destinado un
tiempo de trabajo a producir tal o cual mercancía, superior al
socialmente necesario, es decir, se ha empleado más trabajo del que
puede absorber el mercado.
¿Pero, si bien la oferta y la
demanda nos pueden explicar porque el precio de mercado difiere del
precio de producción, que diantres explica que los precios de producción
no concuerden con los valores?
El modo de producción
capitalista, no responde a la actuación de uno, sino de un grupo de
capitales que compiten entre ellos y cooperan a la vez, unos con otros.
Estos capitales se desplazan en busca de la situación más rentable, lo
que produce una equiparación de las tasas de beneficio en el mercado, e
incentiva, como veremos, una desviación entre valores y precios.
El
capital es una cantidad de dinero que se valoriza, a través del
circuito D-M-D'. El incremento de valor que expresa D', proviene de la
creación de un excedente. Marx demostró que este excedente (plusvalía)
existe gracias a la diferencia entre el valor de la fuerza de trabajo
(salarios) y el valor creado con la utilización de esta fuerza. La
explotación del trabajo es lo que permite, pues, la valorización del
capital. Mayor sea el número de trabajadores explotados, mayor será la
masa de plusvalía generada.
El capital al apropiarse de los
medios de producción (incluidas las redes de distribución)
fundamentales, deja al obrero despojado sin más opción que vender su
fuerza de trabajo para sobrevivir. El capitalista se apropia finalmente
de la mercancía producida y del dinero obtenido con la venta de esta
mercancía. El excedente (plusvalía) puede aumentar prolongando la
jornada de trabajo. También puede hacerse reduciendo el tiempo de
trabajo necesario para producir las mercancías que el obrero necesita
para asegurar la reproducción de la fuerza de trabajo. Esta reducción de
tiempo se obtiene gracias a un cambio tecnológico que aumenta la
productividad del trabajo. La competencia, impulsa a los capitalistas a
aumentar la productividad.
Como Marx ya explica en el 1er
volumen de El capital, el capitalista que se anticipa en la introducción
de una mejora tecnológica puede producir por debajo del tiempo de
trabajo socialmente necesario (reduce costes, según su jerga) y por
tanto obtiene una plusvalía extraordinaria si vende sus mercancías
respetando el precio que determina la productividad media. Al aumentar
la productividad, aumenta el número de mercancías producidas y amplía la
oferta. Esto puede reducir los precios, pero el descenso no evita que
el capitalista innovador siga en una situación privilegiada. Por el
contrario, amenazará las ganancias de otros capitalistas. Algunos se
arruinarán y el innovador ganará mercado. Puede, incluso, vender por
debajo del valor derivado del nuevo tiempo de trabajo socialmente
necesario (dado que su tiempo de trabajo necesario es menor que la
media), obteniendo su correspondiente tasa de plusvalía y garantizándose
aún una cierta plusvalía extraordinaria. Pero no hay mal (ni ventaja)
que mil años dure. Otros capitalistas adoptarán las mismas o similares
innovaciones, aumentando su productividad. Entonces, la mayoría de los
capitalistas producirá en condiciones del trabajo socialmente necesario,
obteniendo así sólo la "plusvalía ordinaria", que al fin y al cabo, no
está nada mal. Este estadio comportará la desaparición de la plusvalía
extraordinaria y animará la búsqueda de una nueva innovación, que dará
lugar a otra tanda de cambio tecnológico. No es necesario aclarar que
una táctica habitual de los capitalistas llamados innovadores es dedicar
una fracción de la plusvalía extraordinaria (y de la ordinaria) a
promocionar la innovación. Este proceso de innovación permanente del
capital, agiganta su composición orgánica, es decir, crece más la
cantidad de capital constante (máquinas, materias primas) que la de
capital variable (salarios). El aumento de la composición orgánica del
capital pone presión sobre la tasa de beneficio.
Los
capitalistas sólo producen si al hacerlo obtienen un lucro y quieren
que este lucro sea el más alto posible. Difícilmente aceptan que su
beneficio sea menor que el del resto. Sólo lo hacen aquellos capitales
que están mal posicionados y han de comulgar con ruedas de molino. Los
capitalistas no producen pensando en lo que la gente necesita sino con
lo que la gente puede comprar por un precio suficientemente alto que
permita que su beneficio iguale, o si es posible supere, el obtenido por
otros capitalistas. Esto es lo que llevó a Marx a hablar de precios de
producción como suma entre los gastos de producción y la tasa media de
beneficio vigente en cada momento. De hecho, el mercado establece una
tasa media de beneficio para los capitales agregados que circulan. Las
empresas con composiciones orgánicas más bajas, si producen respetando
el tiempo de trabajo socialmente necesario, generarán más plusvalía que
las que tienen una composición orgánica más alta, ya que tienen, en
consecuencia, una mayor proporción de capital variable, pero no por ello
han de obtener mayores tasas de beneficio. Si fuera así, los capitales
no se dirigían a aquellas empresas que necesitan más tecnología que el
resto a excepción de cuando y donde esto les puede generar una plusvalía
extraordinaria. Entonces, el sistema perdería parte de su dinamismo.
Para compensar esta "anomalía", las empresas con baja composición
orgánica, no pueden apropiarse de la plusvalía total producida. Venden
por debajo de su valor, pero garantizando, no obstante, la misma tasa de
beneficio que las otras, ya que su patrón de conducta no es el valor
mercantil sino los precios de producción. De este modo, se transferirá
(de nuevo a través de una realidad fantasmagórica) parte de la plusvalía
a las empresas con mayor composición orgánica, que también venderán
según el patrón de los precios de producción. En otras palabras, las
empresas o ramas con más capital constante, utilizan menos tiempo de
trabajo social, pero se apropian de una mayor parte de la plusvalía
social. Este proceso toma la apariencia de los precios, pero lo que
realmente contiene es valores y lo que hay detrás de esta redistribución
de beneficios, es plusvalía. Los precios y los valores no son iguales,
pero se relacionan entre sí. Al final, los precios oscilan en torno a
los valores y difieren dentro de unos límites. Los beneficios, por su
parte, están asociados con la plusvalía global. Este proceso se produce
continuamente y da lugar a una mayor centralización y concentración de
capital. Periódicamente también crea sobreproducción y el colapso de
muchos de los capitales menos productivos. Todo ello incentiva un flujo
de capital hacia aquellos sectores con mayores tasas de beneficio, lo
que obliga a invertir una cuantía superior de capital constante,
elevando, a la vez, la composición orgánica en los sectores menos
productivos si quieren subsistir, para poder atrapar a los más
productivos. El resultado es una equiparación de la tasa de beneficio
entre unas empresas y otras, lo que no quiere decir que esta tasa de
beneficio sea igual en todas partes, ya que hay capitales mejor
posicionados que otros y que, gracias a ello, pueden beneficiarse de los
intercambios desiguales.
Ahora mismo, vemos que la producción
industrial se desplaza a países donde el valor de la fuerza de trabajo
es menor que en los países del centro imperialista y, por tanto, la tasa de plusvalía es superior. El número de asalariados en este países
ha crecido de una manera nunca vista. Mientras la población asalariada
crece a nivel mundial, las industrias que quedan en los países del
centro imperialista tienen composiciones orgánicas extremadamente altas
de capitales y utilizan muy pocos trabajadores. Por lo tanto, se produce
cada vez menos plusvalía en los países imperialistas y cada vez se
produce más en los países de la periferia. Esto, junto a la cuestión de
los precios del monopolio, la extracción de plusvalía extraordinaria y
el intercambio desigual, nos ayuda a analizar de dónde vienen los
grandes beneficios que obtienen las gigantescas corporaciones del centro
capitalista. Algo similar hay detrás de los procesos de
descentralización productiva que prospera en los países del centro
imperialista.
Estos procesos de movimiento de capitales,
continúan día tras día, a través de los ciclos de acumulación pero
también afrontan, como ya hemos dicho, momentos de crisis.
Paradójicamente, en la crisis, a medida que las empresas van a la
quiebra, el capital global se devaluando y entonces la composición
orgánica del capital cae (en términos de valor). Cuando la rentabilidad
se restaura y el PIB crece otra vez, se inicia un nuevo ciclo de
acumulación.