Introducción
Se me pide que hable del capitalismo y de la clase trabajadora. Y debo hacerlo en un momento de fuerte crisis económica.
Considero que emitir un juicio sobre esta crisis es algo prematuro porque todavía está en sus inicios. Muchas cosas sobre su posible evolución son intuiciones. El futuro dependerá de las conductas de las clases sociales.
Por el momento, yo me centraré en algunas transformaciones que han marcado la composición del capital y las condiciones laborales. Pero, como se verá más adelante, estas transformaciones también tienen mucho que ver con la crisis económica actual. Se encuentran en su base. Dos son, para mí, las más importantes:
1 . las inversiones internacionales y
2 . las reestructuraciones productivas.
Las inversiones internacionales no han sido, como a veces se insinúa, un fenómeno generado por la "globalitzacio neoliberal". Vienen de lejos: Lenin las analizó, y a la vez llamó la atención sobre el poder del capital monopolista.
En la segunda posguerra mundial, el capitalismo monopolista se reforzó. Se expandió a través de las compañías multinacionales y del comercio internacional, sobre todo entre países capitalistas ricos. Ahora, este proceso se ha acelerado porque ha habido una mayor obertura comercial y se ha facilitado el movimiento y la libertad de acción de los capitales.
Las inversiones internacionales han tenido un papel de primer orden en el proceso de reestructuración productiva. Este proceso ha prosperado a través de una pluralidad de políticas empresariales vinculadas al cambio tecnológico y a la organización del trabajo.
Se ha llegado a un punto en el que la unidad empresarial compacta dónde se elaboraba todo el producto casi ha dejado de existir. La sustituye un nuevo modelo de empresas que alarga el proceso productivo a través de una constelación de sociedades mercantiles de dimensiones diferentes y especializadas. Viene a ser como una nueva forma de taylorisme, donde el trabajo queda fraccionado en unidades colectivas, financiadas, organizadas y gestionadas independientemente. Cada una se ocupa de una de las tareas, que añaden valor al producto o que garantizan la comercialización y venta. También encontramos empresas que se especializan en la prestación de servicios[1].
Los dos hechos (inversiones internacionales y reestructuraciones productivas) forman parte de un mismo nudo controlado, como veremos a continuación, por el capital monopolista.
Movimientos del capital y hegemonía del capital monopolista
De manera general, podemos decir que el movimiento del capital presenta tres transfiguraciones:
-Inicialmente es capital en forma de dinero, que se transforma en capital productivo cuando adquiere los mediados de producción y la fuerza de trabajo.
-Después, el capital productivo se convierte en capital mercadería a través del proceso de producción dónde se extrae la plusvalía.
-Para acabar, el capital mercancía se cambia de nuevo en capital dinero con la venta y cobro del producto. Este último paso culmina el proceso, recuperando la inversión inicial y realizando la plusvalía.
Estos tres movimientos, en la época del capitalismo de libre concurrencia permitieron diferenciar tres fracciones del capital[2]:
1 . el capital dinerari,
2 . el capital industrial y
3 . el capital comercial.
Los tres dan lugar al capital total.
Ahora el capital monopolista ejerce su dominio actuando en los tres momentos que antes hemos descrito, aunque lo hace de manera diferente según sea el caso.
Pero, el capital monopolista sólo aporta una parte de un capital total que en los últimos años ha crecido exponencialmente. Pensamos en los millones de pequeños accionistas directos, o bien indirectos por la vía de fondos de pensiones, y en las partes del proceso productivo fraccionado de qué hablábamos más arriba y que deben ser financiadas directamente por pequeños y medianos empresarios que trabajan en exclusiva para un único cliente o por un número reducido[3].
Esta gran socialización difusa del capital ha atenuado durante dos décadas el conflicto entre el alto desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, en particular, el vestido demasiado estrecho de las relaciones de propiedad, haciendo más flexible este vestido, pero esto ha tenido lugar paralelamente a la privatización de una gran parte del sector público y la desregulación y estímulo[4] del mercado financiero, tanto dentro de cada Estado como a nivel internacional.
De esta manera, se ha acelerado a fondo la economía, privándola a la vez de frenos o de reductores de velocidad[5]. Y la combinación del sector financiero con el inmobiliario, que permitía maximizar ganancias, se ha disparado.
La crisis aparece en primer lugar como un conflicto agudo o desproporción catastrófica entre finanzas y producción: las primeras se independizan de la producción, hasta que la maximización de beneficios a corto plazo y a todo precio se vuelve incompatible con la buena marcha de la producción. Incluso, el segundo gran conflicto en el origen de esta crisis, la desproporción entre el sector inmobiliario y los otros, no se habría podido producir, al menos, más allá de un cierto grado, sin su acoplamiento con la máquina desbocada de las finanzas.
España y la crisis financiera e inmobiliaria
En España, también hemos vivido un boom de la construcción, un incremento artificial de los inmuebles y un endeudamiento exagerado de las familias. En cambio, parece que no se ha generado un gran volumen de hipotecas incobrables y que el sistema financiero no está contaminado. Esto, es, al menos, lo que se explica desde la versión oficial avalada por el presidente del gobierno central.
A la vez, la versión oficial se felicita porque el Banco de España hizo los deberes el 2000 y reguló lo que podía regular: exigencia de provisiones bancarias altas y criterios más estrictos sobre el crédito.
La regulación del Banco de España nos ha ahorrado el crac financiero, pero no evitó la burbuja inmobiliaria ni el déficit exterior próximo al 10% del PIB. La banca no hizo ni caso de las exigencias del regulador de restringir el crédito hipotecario.
Se podría decir que en España la especulación se ha socializado[6] puesto que la ha practicada mucha más gente además de los del ramo: todo el mundo que tenía un rinconcito y un mínimo de solvencia para pedir crédito, podía comprar un piso o una casita , revendérsela al cabo de 2 ó 3 años y hacer un negocio redondo.
Aunque no hubiera habido burbuja en los EE.UU. y crac financiero en los EE.UU. y Europa, aquí el estallido o el deshinchamiento del inmobiliario se habrían producido igualmente, porque los pisos están sobre valorados un 30 o un 40%, y tras el estallido o deshinchamiento, también habrían habido problemas en la banca: si el ladrillo se devalúa, también lo hacen los títulos basados en hipotecas o en créditos con garantía hipotecaria, sin necesidad de “subprimes”. La construcción desmesurada de viviendas, tarde o temprano, habría desembocado en una desproporción catastrófica entre magnitudes económicas.
El crecimiento de la clase trabajadora
Los cambios de los últimos años han hecho crecer la clase trabajadora. No es, ciertamente, una clase comparable al 100% con la de sus ancestros. Pero la condición proletaria, aquella que deriva de la necesidad de vender la fuerza de trabajo para poder subsistir, sigue caracterizándola.
Por otra parte, bajo el capitalismo actual, el trabajo es más alienado que nunca, dirigido y supervisado por una minoría que decide lo que se debe producir y la manera de hacerlo. Esta misma minoría también decide lo que se debe consumir y la manera como se debe consumir, de qué se puede o no informar y la manera de explicarlo, y así sucesivamente.
Esto no significa negar que ha variado el número y la intensidad de las necesidades de la clase trabajadora, sus niveles de consumo, la formación, las características de los medios de producción con qué se relaciona, el tipo de producción que lleva a término, las formas de producir o la distribución por sectores.
Tampoco nos puede pasar por alto que en el mundo occidental se ha producido un cierto “aburguesamiento” de la clase trabajadora por el hecho de haber superado mayoritariamente y anchamente el nivel de subsistencia.
Pero junto a los elementos de diversificación y pérdida de identidad, también hay factores que hacen que la clase trabajadora sea más homogénea, tanto a nivel nacional como internacional.
La precarización del trabajo
La reestructuración productiva ha venido acompañada de una precarizació del trabajo. Me detendré en ella refiriéndome al caso español y centrándome únicamente en dos de sus caras: la rotación laboral y los salarios exiguos.
La rotación laboral.
La regulación laboral de la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial generalizó el contrato de trabajo indefinido para atender las necesidades permanentes de las empresas. Esto se denominó principio de la causalidad en la contratación.
El contrato indefinido no era, ¡y no es! contradictorio con los avatares a los que está sometida la actividad empresarial (aumentos y disminución de pedidos, innovación tecnológica, variación de la gama de productos, etc.). Para actuar frente a estos avatares, la normativa laboral recogía entonces y recojo ahora:
-La potestad del empresario para organizar el trabajo de sus empleados de la manera que él considere oportuna.
-La posibilidad de modificar substancialmente las condiciones de trabajo (traslado, cambio del puesto de trabajo, modificación horaria,…).
-La manera de poner fin a la relación laboral (despido por causas objetivas o despido disciplinario).
Evidentemente, disponer de un contrato indefinido no era ni es sinónimo de seguridad laboral. El trabajador acaba siendo la principal víctima cuando la empresa atraviesa situaciones negativas; puesto que el riesgo al que empresaria y trabajador se encuentran sometidos es diferente:
El empresario, en el peor de los casos, ve como sus acciones o una parte de ellas -pues suelen diversificar las inversiones- pierden valor. El trabajador, en cambio, pierdo el puesto de trabajo y con esto, la totalidad de los ingresos que le permiten atender las necesidades vitales y devolver las deudas.
Pero las altas tasas de temporalidad de los últimos años tienen poco que ver con el riesgo de la empresa. El principal problema está en la rotación. La contemplaremos desde dos ópticas.
En principio, las personas con contrato temporal rotan cuando, habiendo finalizado su contrato, no se los reconoce la condición de fijas. A partir de este instante, se pueden encontrar: ?
-que su contrato temporal sea prorrogado,
-que pasen a ocupar un puesto de trabajo temporal diferente en otra empresa, o
-que engorden las filas del paro.
Ahora bien, de este tipo de rotación, ya se ha hablado mucho y las estadísticas dan fe de ella.
En cambio, la rotación acostumbra a pasar desapercibida cuando se manifiesta en los centros de trabajo. Allí se produce cuando diferentes personas llevan a cabo de manera sucesiva la misma actividad. De esta forma el principio de causalidad se agrieta.
Por qué? Como mínimo, por la combinación de dos factores:
-una deficiente regulación del principio de causalidad en la contratación, y
-una pésima utilización (el fraude) de la contratación temporal.
La mayoría de “analistas” no tienen en cuenta estos factores. Unos intentan atribuirlo todo a los cambios tecnológicos, como si estos cambios debieran generar de manera irremediable plantillas eventuales. Otroslo presentan como si fuera el fruto de una conspiración entre patrones y dirigentes sindicales.
El principio de causalidad en la contratación fue derruido en la década de los 80 con la institucionalización de varias modalidades de contratación temporal (fomento de empleo, lanzamiento de nueva actividad, prácticas). Estas formas atípicas se generalizaron como mecanismo habitual de encuadre de la fuerza de trabajo en una situación de crisis económica, reestructuración empresarial y cambio tecnológico. Un precedente que no hemos olvidar.
El principio de causalidad sólo se recuperó en parte -y ha sido violado repetidamente por la vía del fraude en la contratación- a través de la concertación social. Para poder lograr la recuperación -que todavía es insuficiente- el movimiento sindical fue obligado a pagar algunos peajes:
-introducción de las horas complementarias en el contrato a tiempo parcial indefinido.
-indemnización de 33 días ,en lugar de 45, para el despido por causas objetivas declarado improcedente si el trabajador había sido contratado de manera indefinida a través de la modalidad de fomento de la ocupación.
Los empresarios, en cambio, han sido compensados con substanciosas bonificaciones cuando se han decidido a contratar de manera indefinida para ocupar puestos de trabajo que de hecho ya eran indefinidos.
Pero, como decíamos más arriba, la causalidad en la contratación todavía no está bien regulada. El principal problema está en el contrato de obra y servicio determinado.
Esta modalidad, originariamente, nació pensando en el trabajo doméstico y en el de la construcción, y destinada únicamente a aquellas actividades identificables de duración incierta y limitada en el tiempo.
Posteriormente, se expandió a la industria, con el fin de dar respuesta a aquellas tareas que, siento también de duración incierta y limitada, no reúnen la condición de habituales en la empresa: reformar un horno, instalar una máquina, pintar una de las naves, montar una estantería metálica... Como que estas actividades no coinciden con los trabajos que habitualmente lleva acabo la plantilla ni con las herramientas y máquinas que se acostumbran a usar en el proceso productivo, las empresas, en lugar de hacer contratos temporales, las suelen subcontratar.
Últimamente, esta modalidad, a pesar de ser originariamente causal, ha tomado formas precaritzadoras.
La primera, la encontramos en la utilización que hacen las empresas no sometidas a procesos productivos constantes. El ejemplo más visible, pero no el único, es el de las grandes constructoras: Hoy en día, hay macroempresas que se dedican a la realización permanente de diferentes obras o servicios, cada una de ellas identificable. Es la suma de todas (y no una de concreta) lo que garantiza su continuidad. En cambio, para cada obra pueden contratar simultáneamente o sucesivamente de manera temporal. Incluso pueden encadenar legalmente varios contratos, siempre que tengan la precaución que cada una de las anillas de la cadena corresponda a una obra o servicio diferente.
La segunda tiene relación con los cambios en la organización del trabajo: Muchas actividades permanentes, aparentemente, dejan de tener esta consideración cuando son desplazadas a otras unidades productivas mediante la subcontratación (limpieza, mantenimiento, vigilancia, confección de nóminas...). A partir de este momento, las empresas conciertan entre ellas contratos mercantiles, que renuevan esporádicamente. Y esto se utiliza para justificar que la contratación laboral también sea temporal. Esta es una de las razones que explican porqué en determinados "sectores" productivos, actualmente catalogados como de "servicios", se prescinde de la contratación fija.
El carácter maligno de este contrato también se pone de manifiesto ahora, cuando se sufren los efectos de la crisis. Millares y miles de trabajadores son lanzados al paro diariamente, sin necesidad de presentar expediente de regulación de empleo. El empresario se limita a comunicar que da por finalizada la obra, y ya ha cumplido legalmente.
En vista de todo esto, es fácil de concluir que la alta tasa de temporalidad y la rotación laboral tiene, entre sus factores generadores, la actual forma del contrato de obra o servicio determinado. Respeto al fraude, existen dos mecanismos que podrían hacerlo disminuir:
-Más eficiencia en la actuación inspectora y
-endurecimiento de las sanciones.
Los salarios exiguos.
España es un país con salarios bajos: más de la mitad de los asalariados del sector privado (y especialmente los que se han incorporado últimamente al mercado laboral ) ganan menos de 1000 euros limpios al mes en cómputo anual.
La evolución adversa de los salarios contrasta con el nivel de dividendos distribuidos entre los accionistas o con las retribuciones pagadas a los dirigentes de las empresas y tiene efectos negativos en la distribución de las rentas.
La proporción que ocupan los salarios en la renta nacional se encuentra hoy en un nivel más bajo que el de hace unos años. Mientras tanto, las rentas del capital, mejoran su proporción.
El elemento más nocivo para los trabajadores fue inicialmente la subida del paro. Después, se le añadió la precarización laboral.
Los patrones han aprovechado estos fenómenos para modificar las reglas de juego en la determinación de los salarios. La gran aportación de emigrantes del Sur, para los que unos sueldos bajos responden al coste, también bajo, de reproducción de la fuerza de trabajo al país de origen, ha permitido una cierta hipertrofia de puestos de trabajo poco remunerados del servicio a las personas, la limpieza, el comercio, la hostelería, el peonaje de la construcción,..., que, sin esta llegada, no se habría producido.
La flexibilización del mercado laboral, incrementó el número de herramientas para despedir más fácilmente y ejercer una presión suficiente sobre los que buscan trabajo. Este mecanismo también ha permitido actuar sobre los salarios, a través de su disminución pura y dura:
-condenando los flexibilizados a aceptar condiciones laborales y salariales inferiores a las que tenían inicialmente y
-situando los que se incorporan al mercado laboral en franjas salariales bajas.
Una distribución más injusta de la renta y el endeudamiento que la acompaña.
La precarización del trabajo no ha sido únicamente una tara de España. En casi todo el mundo, la proporción de riqueza producida que se destina a remunerar los asalariados está disminuyendo, y los países emergentes no son una excepción a esta tendencia. La ganancia empresarial, en cambio, se incrementa, pero una parte se desvía hacia el ámbito financiero. En otras palabras, el drenaje de los salarios no se ha utilizado íntegramente para invertir más en la economía productiva. Detrás de este hecho se esconde una de las principales explicaciones del leve crecimiento en productividad, no únicamente en España sino también en otros lugares del mundo.
El segundo mecanismo ha sido el endeudamiento que, considerando el nivel reducido de los salarios, ha permitido incrementar el consumo y la inversión de las economías domésticas[7].
Este doble mecanismo (precarización del trabajo y endeudamiento de las familias) ahora no puede operar debido a la ruina de millones de hogares, del endeudamiento generalizado que se ha hecho insostenible , de la situación de subconsum en qué todavía se encuentra una mayoría de la población mundial, del incremento de la desocupación con la qué ahora la crisis ya nos está salpicando, y de la disminución del valor del patrimonio de activos de aquellos que han podido acceder a una vivienda en propiedad.
Esto limita la capacidad de compra de la población. La máquina disminuye la marcha, puesto que es difícil vender una parte de las mercancías producidas, o posibles de producir, teniendo en cuenta la capacidad productiva instalada. Las entidades financieras endurecen las condiciones de préstamo y retardan la inversión y el consumo.
¿Un nuevo orden económico internacional?
La crisis económica prospera en medio de un orden internacional diferente del de la crisis de los años 70. Destacaré algunos de los aspectos que comporta la existencia de los países emergentes:
1 . Las relaciones Sur-Sur prosperan, y esto permito debilitar la de-pendencia comercial con respecto a las antiguas metrópolis.
2 . Aunque las nuevas relaciones Sur-Sur siguen actuando dentro de un marco tradicional de intercambios[8], establecen condiciones financieras mucho más equilibradas, y en el plan político y cultural no pretenden imponer a nadie su civilización.
3 . Por lo tanto, fundamentalmente se buscan relaciones mutuamente ventajosas, generadoras de paz y de respecto de la soberanía de las naciones, y esto ayudará a reducir las enormes desigualdades nacidas de la fase devastadora impulsada por los Estados Unidos y sus aliados y su dominación sobre las instituciones internacionaels, especialmente financieras.
4 . El fuerte desarrollo económico de los principales países del Sur tiende a abrir sectores hasta ahora dominados por oligopolios occidentales, y también hará inviable en pocos años el proteccionismo salvaje practicado por los EE.UU. y la UE, que este año pasado ha conducido al fracaso la ronda Doha de la Organización Mundial de Comercio, es decir, creará condiciones de mercado muy fluidas en el plano mundial.
Propuestas y reivindicaciones
Mientras todo el mundo occidental entra en recesión y el resto del mundo ve frenado el crecimiento, centenares de millones de personas se enfrentan a la desocupación, despidos, recortes salariales, carencia de vivienda, servidumbre por las deudas e incluso hambre.
Los capitalistas intentarán aprovechar estas situaciones, como ya hicieron en la crisis anterior, para intentar que los trabajadores acepten la perdida de alguna de las conquistas en materia de condiciones laborales.
Las políticas socialdemócratas practicadas durante la crisis de los años 70 abrieron la puerta al neoliberalismo. Las propuestas denominadas de austeridad no supieron defender correctamente los trabajadores: se preocuparon mucho la producción; en cambio no pusieron suficiente énfasis en la defensa de la clase y se adaptaron a las “imposiciones económicas”. No se puede cometer el mismo error.
Dada la situación actual, no resulta muy difícil explicar que la crisis y el paro son productos orgánicos del sistema capitalista, sobre todo entre los sectores más politizados. Hacerlo es necesario. Pero lo que hace falta es organizar un combate enérgico y unitario y formular reivindicaciones sólidas y a la vez factibles.
En primer lugar hay que colocar como objetivo el control público del sistema financiero. Sin este control (acción de oro, mayoría de acciones, nacionalización; reforma de las cajas...), no hay salida progresista de la crisis, ni nueva política económica, ni nuevo modelo de nada.
En general, bajo el capitalismo, la propiedad pública total o parcial es la única palanca fuerte para evitar desequilibrios catastróficos entre sectores o subsectors o entre las grandes magnitudes económicas, como hemos podido comprobar aquí. Los sistemas reguladores, sin esta palanca, sólo pueden hacer de cortafuegos: atenúan la dimensión del desastre o impiden que se propague además sectores.
Por eso es por lo que las clases trabajadoras y sus partidos sólo pueden influir en la política económica, en la política industrial, por ejemplo, y hablar seriamente de nuevo modelo, si el poco o mucho peso pulítico que tienen se puede proyectar sobre la palanca de la propiedad.
En el caso del sector inmobiliario, la otra gran palanca para hacer que la oferta se oriente a la demanda, es decir, que se construya, más bien o en parte, para satisfacer las necesidades mayoritarias de la población y no para, principalmente o únicamente, para satisfacer la demanda especulativa, es la propiedad pública del suelo, acompañada de un mercado de derechos de uso.
No podemos tratar los temas económicos desvinculándolos del reparto primario de la renta. Los trabajadores no se deben ver sometidos a un nuevo deterioro de su situación mientras los opulentos pueden seguir distribuyendo buenos beneficios. El mantenimiento y mejora del poder adquisitivo y las cláusulas de revisión salarial deben ser considerados como medidas de emergencia.
El Salario Mínimo Interprofesional ha de incrementar de manera notable. Este salario se aplica a los asalariados que todavía no están cubiertos por convenio colectivo, situación en la cual se acostumbran a encontrar los que trabajan en sectores económicos de nueva creación. Las crisis económicas, por regla general, van acompañadas de procesos de reestructuración y de creación de nuevas actividades. Un SMI considerable puede frenar las maniobras empresariales que vuelan aprovechar el cambio económico para disminuir los salarios. También ayudaría a hacer menos doloroso para los trabajadores el tránsito forzado desde una actividad a otra elevando los límites de la prestación de desempleo. Si sube el SMI, las personas hipotecadas pueden desprenderse con más facilidad de la hipoteca preservando una parte considerable de sus ingresos salariales. Esto favorecería a algunos trabajadores.
La reivindicación del salario mínimo no puede quedar acotada a al ámbito españoll. Se debe regular el Salario Mínimo Europeo.
También hacen falta políticas progresistas que permitan una redistribución favorable a la equidad social a través de la recaudación fiscal y de las políticas públicas.
La estructura de la negociación colectiva ha de adecuarse a la realidad actual y a la que previsiblemente vendrá por la crisis. El actual sistema responde en parte al modelo de empresa compacta que cómo decíamos al comienzo ya se ha superado. La ofensiva patronal concentrará una gran parte de sus fuerzas en este terreno. Intentará hacer prosperar un modelo de negociación colectiva fragmentado empresa por empresa, complementado con negociaciones individualizadas. Esto todavía dificultaría más el papel del movimiento sindical.
La reestructuración productiva no tiene por que generar precariedad laboral. Se evitaría, al menos en parte, con una buena regulación del principio de causalidad en la contratación, que además lo hiciera extensible al trabajo triangular (subcontratación, ETT) garantizando la subrogación en las actividades de carácter permanente cuando son subcontratadas. La responsabilidad empresarial solidaria ha de establecerse en toda la cadena de valor y se debe generalizar a nivel comunitario.
Debe prosperar un sistema productivo más racional, por un lado, que aumente la productividad, no por la intensificación del trabajo, sino mediante la reducción de trabajo socialmente innecesario, e invirtiendo en búsqueda, innovación y formación, y, por otro lado, que sea capaz de reducir el consumo de los productos nocivos para el medio ambiente y de fomentar las energías renovables.
Los incrementos de productividad también deberían repercutir en los incrementos de los salarios. Esto permitiría disponer de más tiempo libre, de más y mejores servicios públicos y de mejor poder adquisitivo individual.
Se deben perfeccionar y ampliar los controles democráticos sobre el Estado, sobre las entidades financieras y sobre las empresas. Esto debe comportar una actualización de los derechos económicos y sociales.
[1] Limpieza, mantenimiento, programación, evaluación del riesgo laboral, movimiento de mercaderías...
[2] En la época de los grandes monopolios, estas fracciones del capital se entremezclan y esto se ha hecho todavía más complejo en los últimos años, que han prosperado las transformaciones a las cuales hemos hecha mención más arriba.
[3] Un ejemplo extremo, pero a la vez ilustrativo de esto último, lo tenemos en los autónomos dependientes, obligados a financiar los enseres laborales y a ponerlos, junto con su fuerza de trabajo, a disposición de la empresa que los contrata.
[4] La Reserva Federal de los EE.UU. fijó casi a cero la tasa de interés del dinero para ayudar a salir del estallido de la burbuja de las empresas de Internet, de finales de siglo, y algo antes se habían aflojado las medidas fiscalizadoras sobre la innovación financiera (productos derivados y otros).
[5] La privatización de una gran parte del sector público y la desregulació del mercado financiero, tanto dentro de cada Estado como en el plan internacional, ahora ya no permiten atenuar los efectos de las crisis cíclicas, tal y como se hacía antes.
[6] El carácter de “masas” de la especulación del suelo también tiene que ver con la derechización fulminante del País Valenciano y de una parte de la población de las zonas costas andaluzas y a las Islas: la posibilidad de elevar de golpe la posición económica y social de campesinos y pescadores pobres, pero con una pequeña parcela de tierra, ha sido la gran mina que el PP ha sabido aprovechar para dotarse de una base social nueva.
[7] En el caso español, el alto nivel de creación de empleo también ha sido uno de los elementos claves que han sostenido los ritmos de consumo.
[8] Y no pueden levantar las grandes barreras proteccionistas.