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Clase trabajadora y lucha de clases

Se ha malgastado mucha tinta por convencer a la gente sobre una supuesta disminución de la clase trabajadora y/o sobre su heterogeneidad y pérdida de identidad. Pero hoy en el mundo, la clase trabajadora, vaya vestida con “mono de trabajo” o con “corbata”, es más numerosa que nunca.

Sin embargo, se nos puede hacer una objeción que aparentemente resulta convincente: la clase trabajadora no parece estar demasiada interesada en hacer una revolución. Esto pondría de manifiesto que ya no existe en la forma exacta como la describió Carlos Marx.

Esta objeción, se fundamenta en una idea romántica sobre el papel y las características que la clase trabajadora tuvo en el pasado. Hay quien piensa únicamente con la clase trabajadora rusa de 1917 o con la de otros movimientos revolucionarios y a partir de aquí imagina que los trabajadores de antes se encontraban en estado permanente de agitación en contra la sociedad burguesa.

Es evidente que ahora, en los países del Norte, las condiciones de los trabajadores son mejores si las comparamos con las del siglo XIX. Esto es debido a que los trabajadores son mucho más productivos lo cual ha permitido ampliar el pastel económico y porque han luchado para arrancar mejoras.

Pero hoy en día la lucha de clases continua estando presente, y con ella el potencial revolucionario que la clase trabajadora lleva dentro. Los trabajadores luchan, no porque "tengan fe " en la lucha de clases o porque “hayan decidido hacer una revolución”, sino porque el sistema capitalista los obliga a hacerlo. Luchan porque de lo contrario sufrirían una humillación tras otra. Esto es aplicable tanto a los trabajadores "con mono de trabajo” como los que trabajan con “corbata”.

Aun así, la clase trabajadora no siempre está en lucha, e incluso a veces no lo hace a pesar de ser muy necesario. En algunas situaciones, los trabajadores se quedan inmóviles pese a ser conscientes de que están siendo expoliados. Puede que piensen que nadie apoyará su lucha o que no tiene sentido luchar.

Una parte muy numerosa de los trabajadores se sienten impotentes para cambiar sus propias condiciones de vida, especialmente en los puestos de trabajo no sindicados, dónde el empresario ejerce su dictadura sin escrúpulos. En estas circunstancias los trabajadores no se dan cuenta que unidos tienen el poder de cambiar no sólo su propia situación, sino para mejorar los servicios públicos e, incluso, para acabar con el sistema de explotación capitalista.

Estas ideas paralizantes son el producto de dos factores: La hegemonía imperante de las ideas burguesas entre la clase trabajadora, y el más importante, sus propias circunstancias diarias.

A pesar de todo, la clase trabajadora se mueve. En estos momentos la crisis del capitalismo puede ayudar a que muchos trabajadores se desengañen del sistema de varias maneras. Aún así, será difícil que dejen de aferrarse a muchas de las ideas establecidas.

Pero a veces cuando uno menos lo esperas, las luchas de los trabajadores se empiezan a multiplicar.

Entonces, los trabajadores descubren que tienen más poder del que creían. Empiezan a entender que las "disputas" de unos trabajadores en contra de otros es simplemente una táctica capitalista para extraer más plusvalía. Se dan cuenta de la necesidad de luchar contra el racismo y el sexismo dentro de sus propias filas, ya que queda al descubierto que todos somos parte de una misma clase. Y cuando la clase trabajadora lucha se pueden poner en entredicho las estructuras de la sociedad. Por esta razón, los capitalistas están muy interesados en evitar las luchas y en intentar que cuando estas estallan, acaben con un fracaso para los trabajadores.

Los largos periodos de pasividad y de atonía acostumbran a dar paso a las erupciones de la lucha política y a la radicalización. Estos brotes a veces se producen incluso en las más desfavorables circunstancias. La gran oleada de movilización el 1973 de los trabajadores negros de Sudáfrica, que a la larga aplastó el apartheid, llegó tras 20 años de derrotas y de inercia.

Las erupciones pueden ocurrir cuando la mayoría de los dirigentes políticos menos se lo esperan. Pueden, incluso, llegar a sorprender a los revolucionarios más honestos.

En enero de 1917, Lenin dijo a un grupo de jóvenes suizos socialistas: "Nosotros, los de la generación de más edad no podremos vivir para ver las batallas decisivas de esta revolución". Un mes más tarde, los trabajadores rusos, siguiendo las consignas del propio Lenin y del partido bolchevique, se levantaron y derrocaron al Zar. Ocho meses más tarde, los bolcheviques conquistaron el poder.

Para desgracia de los profetas de la desaparición de la clase obrera y por suerte para la humanidad, el potencial revolucionario de la clase trabajadora figura en el orden del día.