La crisis actual es más que bancaria. Tiene alcance internacional. Confluyen una pluralidad de aspectos: económicos, financieros, industriales, alimentarios y energéticos. Ha estallado a partir de la ruptura de la burbuja inmobiliaria y ha provocado una reacción en cadena que mina los fundamentos del modelo de crecimiento económico que a nivel global -y de una manera muy especial en los EE.UU- se había impuesto durante los últimos años.
Se trataba de un modelo - con puntos de contacto con el que ha prosperado en nuestro país- fundamentado en un doble mecanismo: El primer mecanismo ha sido la disminución de la fracción salarial. En casi todo el mundo, la proporción de riqueza producida destinada a remunerar a los asalariados está disminuyendo. El aumento de la ganancia empresarial, por el contrario, se incrementa, pero una parte se desvía hacia el ámbito financiero. En otras palabras, el drenaje de los salarios no se ha utilizado íntegramente para invertir más en la economía productiva. El segundo mecanismo ha sido el endeudamiento, que ha permitido tirar del consumo.
Este doble mecanismo ahora no puede operar a causa1) de la ruina de millones de hogares, 2) del endeudamiento generalizado que se ha hecho insostenible, 3) de la situación de subconsumo en la que aún se encuentra la mayoría de la población mundial, 4) del incremento del paro con el que a estas alturas la crisis ya nos está salpicando, y 5) de la disminución del valor del patrimonio de activos de aquellos que han podido acceder a una vivienda en propiedad.
Esto limita la capacidad de compra. La máquina disminuye la marcha ya que una parte de las mercancías producidas, o posibles de producir, teniendo en cuenta la capacidad productiva instalada, tienen dificultades para ser vendidas. Las entidades financieras endurecen las condiciones de préstamo ralentizando la inversión y el consumo.
Pero los capitales siguen buscando el beneficio fácil y tan alto como sea posible. Se invierte en aquellos bienes que hay garantías de que podrán vender: durante unos años fue la vivienda. Ahora la atención se desplaza hacia otras necesidades esenciales como la energía (el petróleo y la electricidad) y los productos alimenticios. Esta especulaciones se autoalimentado, permite acumular más y más beneficioso y nos precipita hacia nuevas burbujas especulativas.
Cuanto más suben los precios, más suben los beneficioso, y hacia estos productos donde se encuentran las expectativas de beneficio se dirigirán de nuevo las inversiones de los capitales estivos y así los precios aún subirán más hasta que la ralentización de la producción los haga bajar de nuevo. En esto consisten la burbuja especulativa.
Un montón de capitales en Bolsa han abandonado la burbuja inmobiliaria para precipitarse sobre las materias primas. Hoy la especulación alimentaria mata de hambre a millones de personas en el tercer mundo y reduce el poder adquisitivo en todo el planeta. La burbuja especulativa del petróleo incrementa el precio de la inmensa mayoría de las mercancías y hace cada vez más costoso el pago de la factura energética para la mayoría de las familias. Pero como las burbujas especulativas precedentes, corre el peligro de estallar. Y entonces la crisis financiera contaminará a la economía productiva, una vez más.
La crisis no sólo somete coyunturalmente a la población asalariada a una inflación de la que los asalariados sólo son las víctimas y al incremente, igualmente coyuntural de las tasas de intereses, sino que también los coloca bajo la amenaza de las reestructuraciones y los despidos.
En un primer momento, el Gobierno español subestimó la gravedad de esta crisis. No dio demasiada importancia a las consecuencias que podía generar en la economía internacional. Un año después, ya admite que lo que antes consideraban "un revuelo bancario", nos afecta de lleno. El crecimiento económico afloja, como también lo hace la creación neta de empleo. Por el contrario, el consumo privado se deteriora.
A pesar de tener un alcance internacional, la crisis actual no repercute en todos los lugares de la misma manera ni en el mismo momento. Así, en numerosos países del Tercer Mundo, el alza del precio de los alimentos ha significado un aumento importante del número de víctimas de la desnutrición. Esta ha sido la factura por las políticas agrícolas neoliberales que dan prioridad a las exportaciones promovidas por los grandes grupos multinacionales y destruyen la agricultura tradicional.
En Europa, la situación (de momento) no es tan dramática, pero la política monetaria restrictiva del Banco Central puede acabar deteriorando una vez más el poder adquisitivo de las clases trabajadoras.
Aquí en España, además, nos encontramos en una encrucijada delicada. Durante más de una década hemos asistido a un crecimiento económico espectacular que ha permitido crear un volumen impresionante de nuevos empleos. Pero este crecimiento, se ha sustentado sobre unos pilares - la construcción de viviendas, los servicios de bajo valor añadido y el consumo privado interno- que están siendo muy sacudidos por la crisis actual.
Es evidente, que la gravedad de la situación exige adoptar medidas de choque y recuperar muchas de las políticas keynesianas que han sido abandonadas durante los últimos tiempos.
Tomemos como ejemplo la inevitable retroceso de la construcción de viviendas privadas. Podemos contrarrestar sus efectos perversos con la construcción de viviendas de protección oficial por un lado, con la rehabilitación de edificios públicos y privados de la otra y también con la obra pública.
Ahora bien, sin olvidarnos de las medidas de choque, también tenemos que empezar a pensar en el medio y en el largo plazo. La transición hacia un modelo de crecimiento menos caótico requeriría una distribución más igualitaria de las rentas, reordenar el comercio internacional (y también, dicho sea de paso, las emisiones de CO2) y responder mucho mejor a las necesidades sociales.
Por lo tanto, hay que dejar claro que ya ha llegado la hora de decir basta a la especulación, a la servidumbre de la sociedad a las finanzas, la mercantilización del mundo, a la privatización de los beneficios y la socialización de las pérdidas.
La desregulación financiera hace imposible controlar los flujos financieros, que viajan por el mundo en busca de beneficios cada vez más exagerados. Nos enfrentamos a un capitalismo desbocado que se escabulle del control y que hay que regular. Tenemos que atacar en el origen, la válvula que alimenta la especulación.
Pero resulta que en la Unión Europea, cualquier transformación en esta dirección se enfrenta a la increíble protección del tratado de Lisboa, que ha concedido una libertad ilimitada al capital financiero.
Por esta razón es necesario abolir el artículo 56 del Tratado de Lisboa que prohíbe restringir los movimientos de capitales. Este es un paso político necesario para dejar claro que se tiene voluntad para encontrar soluciones y para recuperar el control.
Una vez abolido el artículo mencionado se podrían llevar a cabo las medidas siguientes:
* Control estricto del movimiento de los capitales, para poder poner fin a la apertura generalizada de los mercados de capitales y de mercancías;
* Situar el sistema bancario bajo control público, principalmente el Banco Central europeo y someter a controles ordinarios en el resto del sistema bancario.
* Supresión de los estoks-opciones y los procedimientos similares;
* Supresión de los paraísos fiscales;
* Impuesto progresivo sobre el capital y sus beneficios, para reducir las desigualdades;
* Distribuir las ganancias de productividad en las empresas entre los salarios, la protección social y las inversiones, para poner un techo al acaparamiento de los dividendos;
* Evitar la penetración del capital privado en los servicios públicos y en el sistema de protección social.
Como hemos dicho al principio, el otro elemento generador de la crisis económica actual, es la creciente tasa de explotación de los trabajadores en todo el mundo. He aquí pues, una más de las potentes razones que nos llevan a luchar por la mundialización de los derechos laborales.
Este no será un camino de rosas. Lo sabemos. Las políticas neoliberales todavía son mayoritarias y llevan a la conclusión de que los logros económicos son directamente proporcionales a la regresión social. Los proyectos que apuntan a regular, reordenar o humanizar el sistema económico y financiero son catalogados como utópicos. Pero no debemos asustarnos por las grandes palabras y por las descalificaciones de tipo neoliberal. Una verdadera salida a la crisis exige subordinar las decisiones guiadas ahora por la rentabilidad y el beneficio privado, a las decisiones sociales coordinadas con el fin de lograr el bienestar de la población. Y esto último es precisamente lo que caracteriza a un verdadero proyecto ecosocialista.