El malestar por la situación económica global es palpable y se expresa de diferentes formas. En las últimas semanas, miles y miles de personas, sin banderas ni presencia directa de los partidos políticos, han tomado las plazas, han debatido de manera abierta y han hecho sonar diariamente ollas, sartenes y cazuelas para expresar su indignación.
Las iras de los manifestantes van dirigidas, sobre todo, hacia los banqueros y los políticos, sin hacer ningún tipo de distinción entre ellos. Esto es insuficiente si no somos capaces de construir una alternativa política y social para lograr un mundo que no esté dirigido por los "banqueros y por los políticos neoliberales y en el cual tampoco ejerzan su dominio las grandes empresas transnacionales o los países más ricos y armados del planeta. A la vez, hay que pronunciarse sobre la forma de organizar las instituciones alternativas y construir un sistema de valores capaz de trascender la atomización actual de las personas dentro de la cultura del individualismo y del consumismo.
Si no se presta una atención seria a todo esto, las manifestaciones y acciones de protesta acabarán siendo una versión moderna de las revueltas de los campesinos medievales que expresaron el amplio malestar social generalizado de la época pero ni consiguieron acabar con las clases dominantes que lo habían generado, ni pusieron las bases para una nueva organización económica y social.