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La indignación y la confusión

La gente está muy indignada por los salarios de los grandes ejecutivos que no han dejado de crecer. También lo está con las prebendas de los políticos del sistema.

Esta indignación es comprensible, pero es aceptable para aquellos que más se benefician del “statu quo”. Por esta razón, los medios de comunicación están dispuestos a dar visibilidad a (o a alentar) la indignación pública sobre estos temas y por la misma razón el Fondo Monetario Internacional ha tratado esta cuestión en algunos de sus informes.

La reducción de salarios de los ejecutivos y la austeridad de las personas que se dedican a la cosa pública es necesaria. Ahora bien, si no va acompañada de otras medidas, ayudará poco a cambiar la dinámica de un sistema que impulsa reformas regresivas de la legislación laboral, promueve los gastos militares y las guerras, busca la privatización de las empresas y de los servicios públicos, hace caso omiso de la desigualdad de ingresos, recorta los derechos sociales, etc.

Las encuestas muestran que las personas tienden cada vez más a culpar los gobiernos de todos los males y esto las lleva a creer que la reducción del sector público puede ser una buena solución.

Esta percepción nos puede conducir al desastre. Siendo cierto que los programas y políticas gubernamentales tienen muchos defectos, si estos programas no existieran el sufrimiento de la gente todavía sería mayor.

Por otro lado, cuánto más minúsculo sea el gobierno y menores sean los mecanismos de control, mayor será la libertad de actuación de los poderosos y esto les permitirá disfrutar de nuevas y mejores posibilidades de enriquecimiento.